lunes, 5 de diciembre de 2011

...Mi querer te escribe así Bebe ...



Te quiero porque dentro de tu alma
guardas el tesoro más deseado del universo
lo más sublime que el cielo puede mostrar
la oración que los ángeles profesan con fervor.


Te quiero y ese huracán de sentimientos
azotan tu corazón y ser,
para desnudarte frente a mí


Mírame, te quiero más que siempre 
y nunca a la vez.
Te contemplo amor, tan dulce
inocente como el alma de Dios 
y lloro de alegría por tenerte,
por sentir tu calor en mí.


Te quiero y me pierdo
cuando la luz de tu interior
no fulgura esa mágica calma
que sólo tú sabes dar...






Te amo Andrea Anthonella Reyes Motta 
(21 de Mayo del 2011 
7:58am)

sábado, 3 de diciembre de 2011

Olvide decirte que...



Aún siento el dulce olor a miel en el dormitorio. Tú, sentado, mirando al vacio, preguntándote en que momento dejamos que el amor se convirtiera en esto. Para ser más precisos, en que instante, esta amistad se transformó en una extraña parodia de pasión desenfrenada y mentiras sin corazón. Por supuesto mi silencio no aportaba mucho. ¿Qué podía decirte? ¿Vivimos el momento, somos libres sin remordimientos, no importa el futuro?...vamos!! Esa no era una respuesta apropiada ni agradecida. Por lo menos no para la situación en que te encontrabas. “Conocí a alguien que…” fue el inicio de la sentencia de aquella noche nebulosa y a la vez tan tiritante de emoción. Mientras narrabas tu idilio secreto, por primera vez en mi vida, pude visualizar los peores pecados que cometí cuando te tenía en mis brazos y susurraba tu nombre, cuando la vida nos unía en una sola melodía, una eterna e inspirante canción de sueños de amor. Recuerdo haber sonreído bruscamente mientras el veneno de tus palabras, me corría lentamente por las venas. Atontada, busqué rápidamente una frase que no delate mi angustia, mi pena y a la vez mi alegría, porque en el fondo te quería inmensamente y deseaba que toda la felicidad del universo te envolviese y en ella, flotases en nubes rosáceas, a mi lado o a unos mil kilómetros, no interesaba la verdad, tu sonrisa y ese brillo tan hermoso en tu rostro me bastaba para asentir e imaginarte lejos... Pero al verte nuevamente a los ojos, al sentir la fragancia de tu piel, al saber que esa sería la ultima vez que podría acariciarte con la ternura de una mirada y sentirte tristemente mío, sólo pude titubear fríamente: “adiós”.

Desde entonces, no he vuelto a verle ni tengo intenciones de hacerlo. Quizá ese destino que nos hizo conocernos, solo quería enseñarnos el verdadero camino lleno de vidas compaginadas en otras, o tal vez jugaba con nosotros a interpretar una obra teatral, realmente no lo sé. Lo único que si tengo claro como dice Pablo Neruda es que el amor, ese sentimiento que algún día nos juntó, no tiene muerte, así sea en una historia de otoño creada por mi.

Yo y algo más


En el fondo, cada uno de nosotros buscamos una adrenalina secreta; esa razón, que nos hace convertirnos en protagonistas de irreverentes historias y recuerdos interminables. Claro, que hay personas que no se cansan de sentir esa ansiedad en las venas y provocan que los cielos borren las ideas iniciales, creando un monte de Olimpo sin dioses, sin metáforas, ni ley. Una de esos seres humanos, con insistente mérito de conocer el mundo empírico, soy yo. Quizá por ello, sé casi de memoria y por instinto, en que mares de momentos impredecibles me sumerjo, sin el más mínimo asco ni pudor. Con esto, no quiero decir que aspiro a convertirme en una sabionda de la vida o una hippie reprimida. Nada más alejado de la realidad. Es solo que mi espíritu moralmente trotamundos, lleva mi inspiración por caminos con sabor a “vía láctea”. Así poco a poquito, comerme el universo a pasos de gigante y no dejar que mi alma se encierre en un frasco de preservante, olvidada en acciones que me han costado cataratas de lágrimas y ¿por qué no? Carcajadas a morir.

Vivir, soñar que lo hago, sentir, entregarme, apasionarme sin medidas, Ser yo misma y amar mis defectos con ánimos optimistas de cambiar, son las consecuencias de escuchar atentamente a la voz del corazón.  Esa voz que muchos nos negamos a tomar en cuenta, dejándola en el banco de suplentes, con la camiseta puesta para incluirse en el futuro según una antigua canción de mi querido Ricardo Arjona.