En el fondo, cada uno
de nosotros buscamos una adrenalina secreta; esa razón, que nos hace
convertirnos en protagonistas de irreverentes historias y recuerdos
interminables. Claro, que hay personas que no se cansan de sentir esa ansiedad
en las venas y provocan que los cielos borren las ideas iniciales, creando un
monte de Olimpo sin dioses, sin metáforas, ni ley. Una de esos seres humanos,
con insistente mérito de conocer el mundo empírico, soy yo. Quizá por ello, sé
casi de memoria y por instinto, en que mares de momentos impredecibles me
sumerjo, sin el más mínimo asco ni pudor. Con esto, no quiero decir que aspiro
a convertirme en una sabionda de la vida o una hippie reprimida. Nada más
alejado de la realidad. Es solo que mi espíritu moralmente trotamundos, lleva
mi inspiración por caminos con sabor a “vía láctea”. Así poco a poquito,
comerme el universo a pasos de gigante y no dejar que mi alma se encierre en un
frasco de preservante, olvidada en acciones que me han costado cataratas de
lágrimas y ¿por qué no? Carcajadas a morir.
Vivir, soñar que lo
hago, sentir, entregarme, apasionarme sin medidas, Ser yo misma y amar mis
defectos con ánimos optimistas de cambiar, son las consecuencias de escuchar
atentamente a la voz del corazón. Esa
voz que muchos nos negamos a tomar en cuenta, dejándola en el banco de
suplentes, con la camiseta puesta para incluirse en el futuro según una antigua canción de mi querido Ricardo
Arjona.
No hay comentarios:
Publicar un comentario